Cuando sonreía arqueando un solo
lado de su cara, su fino bigote recortado con escuadra y cartabón, se estiraba
dejando a la vista unos blancos dientes y marcando una sonrisa picarona, un
tanto borde y de innegable gancho para todos, especialmente para las mujeres.
Por si eso no fuera bastante, al poco de marcar el gesto soltaba un ¿Ok young?
digno de película, que tenía más arte que un amanecer de Sorolla. Juan Mendoza,
que así se llamaba el dueño de todo eso, apareció un mañana, no se sabe bien
como ni por qué. Se dejaba caer por allí y por acá con su abundante cabello
negro, bien peinado hacia atrás y afeitado a navaja. Tenía las manos fuertes y
sus dedos siempre sujetaban un cigarrillo rubio americano encendido con un
mechero Zippo. De sus finos labios brotaba un labia entrenada a lo largo de
años en conversaciones que la mayoría de los mortales no solemos tener.
