EL RUISEÑOR.
6.30 horas paralelo sur
de la ciudad. Como un gigante, repetitivo y predecible, la gran ciudad se
despertaba perezosamente con sus mismos movimientos. El tráfico, comenzaba a
ser denso, las luces empezaban a encenderse en las casas y los ruidos
aumentaban progresivamente, poco a poco
pero imparablemente aquel ser de cemento
y acero se encaminaba a la rutina de siempre. En unas de sus muchas calles aún
en media penumbra y grises por un cielo todavía sin despertar, un hombre
cobijado dentro del cuello levantado de su gabardina caminaba por la acera
mojada de lluvia nocturna, sabiendo que iba a ver en cada esquina porque cada
día pasaba por ellas. Cumplía con su faceta cotidiana de rellenar el paisaje en
aquel lugar y a esas horas en cada mañana. Rostros serios, adormecidos y
enfadados por tener que madrugar, tener que hacer cada día lo mismo, el dichoso
trabajo de siempre, el tener que ir al colegio sin saberse las dichosas
matemáticas o al mercado con el carrito a la espera inútil de que ese día los precios hayan bajado o ancianos para ser los primeros en el ambulatorio, eran
los motivos que empujaban a la calle a hacerlo una y otra vez.
