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lunes, 8 de septiembre de 2014

EL RUISEÑOR



                                                                                  EL RUISEÑOR.

6.30 horas paralelo sur de la ciudad. Como un gigante, repetitivo y predecible, la gran ciudad se despertaba perezosamente con sus mismos movimientos. El tráfico, comenzaba a ser denso, las luces empezaban a encenderse en las casas y los ruidos aumentaban progresivamente, poco a  poco pero imparablemente  aquel ser de cemento y acero se encaminaba a la rutina de siempre. En unas de sus muchas calles aún en media penumbra y grises por un cielo todavía sin despertar, un hombre cobijado dentro del cuello levantado de su gabardina caminaba por la acera mojada de lluvia nocturna, sabiendo que iba a ver en cada esquina porque cada día pasaba por ellas. Cumplía con su faceta cotidiana de rellenar el paisaje en aquel lugar y a esas horas en cada mañana. Rostros serios, adormecidos y enfadados por tener que madrugar, tener que hacer cada día lo mismo, el dichoso trabajo de siempre, el tener que ir al colegio sin saberse las dichosas matemáticas o al mercado con el carrito a la espera inútil de que ese día los precios hayan bajado o ancianos para ser los primeros en el ambulatorio, eran los motivos que empujaban a la calle a hacerlo una y otra vez.