Cuando aún no acababa de despertar el día, cuando aún las
calles estaban casi vacías y cuando todavía los autobuses con el futuro del
país dentro no las habían invadido, él, se encaminaba como cada mañana ha
recorrer el camino de siempre. En ese recorrido poco a poco su pulso se iba
alterando y el oxigeno de su sangre se hacía cada vez más escaso y curiosamente
no era por la distancia recorrida. En ese trayecto, viaje a lo desconocido, su
papel de era el de un navegante sin planos, sin visibilidad y sin saber si el
puerto será refugio de peligros o una playa en calma. Rostros adormilados,
corazones llenos de hastío, nada que ver y nada nuevo que esperar se iban
cruzando frente a sus ojos. Sus pasos
iban cada vez controlando más su velocidad para llegar al punto de encuentro en
el momento exacto, justo en el instante
oportuno. Ese instante que se repetía cada día, cada mañana, en el mismo lugar
y a la misma hora.
