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sábado, 31 de mayo de 2014

CREMA DE MANOS.


Para Peregrina Araez que comenzara un nuevo día no tenía un excesivo interés, tan solo el poder darle las gracias a Dios por despertar de nuevo en otra vez en el mundo de los vivos y no del todo, pues desde hacia tiempo cada vez que se acordaba de su pobre Manuel decía en voz alta  -¿ Cuando querrá nuestro Señor llevarme contigo?  ¿ Qué hago yo aquí sola sin ti? “. Entre ellos dos nunca hubo un amor apasionado, ni el placer de despertarse con una frase cariñosa como a veces se decían los protagonistas de las telenovelas que su Manuel y ella veían en el bar de Demetrio, un húmedo y oscuro lugar donde el humo de los cigarros de una gente con mirada callada y gesto surcado de cansancio y soledad ennegrecían aún más las paredes adornadas con fotografías de paisajes lejanos como única manera de poder soñar en irse de allí. A Peregrina le encantaban esas telenovelas sobre todo por los vestidos, zapatos y peinados que lucían las actrices, pero que luego tenían un efecto secundario totalmente contraproducente ya que al llegar a su casa, Peregrina, se miraba al espejo del comedor en silencio de arriba abajo y comprendía lo poco que se parecía a ellas y lo peor era, que nunca lo conseguiría. Se consolaba pensando que quizás no existieran de verdad, por lo menos del todo, ya que ella nunca había visto a nadie igual.