Para
Peregrina Araez que comenzara un nuevo día no tenía un excesivo interés, tan
solo el poder darle las gracias a Dios por despertar de nuevo en otra vez en el
mundo de los vivos y no del todo, pues desde hacia tiempo cada vez que se
acordaba de su pobre Manuel decía en voz alta -¿ Cuando querrá nuestro Señor
llevarme contigo? ¿ Qué hago yo aquí
sola sin ti? “. Entre ellos dos nunca hubo un amor apasionado, ni el placer de
despertarse con una frase cariñosa como a veces se decían los protagonistas
de las telenovelas que su Manuel y ella veían en el bar de Demetrio, un húmedo
y oscuro lugar donde el humo de los cigarros de una gente con mirada callada y
gesto surcado de cansancio y soledad ennegrecían aún más las paredes adornadas
con fotografías de paisajes lejanos como única manera de poder soñar en irse de
allí. A Peregrina le encantaban esas telenovelas sobre todo por los vestidos, zapatos y
peinados que lucían las actrices, pero que luego tenían un efecto secundario totalmente contraproducente ya que al llegar a su casa, Peregrina, se miraba al
espejo del comedor
en silencio de arriba abajo y comprendía lo poco que se
parecía a ellas y lo peor era, que nunca lo conseguiría. Se consolaba pensando
que quizás no existieran de verdad, por lo menos del todo, ya que ella nunca
había visto a nadie igual.
