En La Puebla , siempre, cada invierno, hacía mucho frío,
un frío duro y seco como era normal en aquel lugar; el clima y la vida también.
La humedad se podía oler y verse reflejada en cada uno de sus rincones, en las
callejuelas, en los campos con sus retorcidos árboles como si estuvieran
cobijándose del viento, en las viejas casas de piedra del pueblo y en sus hielos
colgando de sus fachadas en las gélidas mañanas del invierno. Casi se podía,
incluso, escuchar el frío. Cuando entrabas en casa y te acercabas al fuego del
hogar, las gafas se te empañaban por el cambio brusco de temperatura. No había
nada que se le pudiera comparar a excepción de una y que provenía de la misma
fuente de creación: el calor.
