
Mariska acudía cada sábado al Museo Nacional de Bellas Artes
con el fin de
enamorarse. La tarea, en un principio, no parecía una meta
imposible pues allí se
albergaban tantas cosas bellas como para enamorarse una y
mil veces sin salir de aquel
lugar. Precisamente por eso mismo, lo que sí era tarea muy
improbable sería serle fiel al
mismo amor. La madre de Mariska fue una abnegada profesora
de literatura en la
antigua San Petesburgo hasta que la dureza del invierno, la
precariedad laboral y los
cuchillos afilados de la Revolución le hicieron
partir hacia Paris en los años 20.
En el deseo de que su hija tuviera una vida mejor le decía:
“la inteligencia, el buen
gusto y la educación solo lo podrás encontrar juntas en el
arte y si algún día buscas una
persona con esas cualidades, tendrás que buscarlo allí donde
haya arte a raudales. ”